21 marzo 2008

¡Abajo la tiranía!

Hace unos cinco o seis años, no recuerdo bien, leí la tópica sección “lo que se lleva/lo que no se lleva” de una revista dedicada y dirigida a mujeres de hoy, independientes, liberales que toman cereales y... oficinistas. Porque no, no sólo las cojo por las chicas que aparecen en la sección de moda (que pensaréis algunos y algunas); también por la sarta de estupideces y sandeces que se escriben en ellas.

Pues en el ranking de lo out, aparecía como una auténtica horterada, reíros, ”llevar los auriculares puestos en el metro o el autobús”. ¿Razones? Que era algo vulgar, cochambroso, digno de una Jenny cualquiera, de mala educación, etc. La alternativa que ofrecía la publicación a nuestras chicas de aquellos días era portar un libro de actualidad en la mano, aunque no se leyera.

Entonces el ipó este estaba en pañales, y sus clónicos no eran ni embriones de chip. Yo, que era de llevar mi discman hasta en el trabajo (o walkman años atrás en clase), me sentí ofendido. No es que escuche una música exquisita, más bien al contrario, pero me gustaba hacerlo, qué coño.

Sin embargo en esa misma revista, hoy en día declaran (bajo cuerda, imagino) las bondades de un buen reproductor mp3 para llevar tu música preferida a todas partes. Pues fenómeno.


Y es cierto. Miles y miles de nenas, nenes, señoras y señores, llevan hoy sus auriculares, blancos o rosas, colgando en los largos e interminables viajes de veinte minutos entre, vamos a poner, Acacias y Moncloa con Shakira, Alejandro Sanz, Miguel Bosé y el grupo de turno cuyo nombre responde a la fórmula aritmética “(Articulo singular)+(Sustantivo) de (Sustantivo Nominal o Nombre Propio)”.

Artefactos con memorias cada vez de mayor capacidad para tan escasa música que cabe en sus cerebros y su memoria.

Pero todo tiene un lado bueno: poco a poco se extingue ese fenómeno idiota del booking, que abanderaban personalidades con enjundia como Carlos García Calvo o Marta Robles, entro otros. La gente ya no tiene que leer si no le gusta en el metro, ¡y mucho menos aparentarlo! ¡Muerte al tirano! ¡Adiós al Código da Vinci, Robin Cook o Reverte!