24 junio 2006

Fin y créditos

Este es el último post Perruno. Al menos por el momento. Por un largo momento. No sé si continuaré algún día, lo dudo. He llegado a un punto en el que el Perro Flaco ya no me aporta nada, ni me sirve como antes. Y no quiero seguir haciendo este tipo de cosas por inercia, obligación, compromiso o promesas a la virgen.

Además, por mucho que lo escriba, seguiré viviendo situaciones raras, coincidencias desesperantes y apuros sin fin. Por más que yo no lo desee. El blog no va a exorcizar todo eso. Y aunque hay que vivir para escribir, o eso dicen, tampoco quiero vivir todo aquello con el único fin de escribirlo. Ni escribir todo lo que vivo, claro. Ya sabes, coge un círculo, métele mano y se volverá vicioso.

La otra cosa mencionable es mi vuelta a la radio. Al final fructificó la cosa y aunque no es lo que quería hacer puramente, la idea va tomando forma. Animé a Javi cuando su programa con José Luis agonizaba, aprovechamos la muerte y aunque nadie nos lo puso fácil, conservamos la hora de emisión. Había hablado con varias personas con la idea inicial de aquel programa y para completar el elenco tuve una corazonada con una de las chicas con las que hablé, Silvia, una actriz metida en mil cosas –en la actualidad trabaja en TV- que quería probar en la radio. La tía es muy buena, aunque nos queda ensamblar el engranaje entre Javi y yo, que nos conocemos de sobra a pesar de los parones, y la forma de actuar de ella.


PD: Ah, por cierto. Mi último trabajo complementario me ha reportado una pequeña venganza.

En el turno de fin de semana que estaba cubriendo (nótese que hablo en pasado) prácticamente no podía moverme de mi puesto, ya que salvo un par de horas estaba atendiendo yo solo el servicio. Para no perder llamadas, y rayando la ilegalidad la empresa sólo daba un descanso de comida de quince minutos para ocho horas de trabajo, más las pausas por uso de monitores que mal que les pese son obligatorias. Me tomé todas las que me correspondían y la supervisora se acercó para dejarme caer que no dejara el servicio abandonado, que adelantara las pausas o me saltara alguna y retrasara la comida... Huelga decir que a mí esto me resbalaba y me tomé las pausas cuando me correspondían y con la duración marcada.

Al fijarme en la mujer esta, la que cortaba el bacalao allí, me di cuenta de que iba de jefaza y que debía serlo, pero que además tenía instalado en la propia empresa un pequeño estudio de grabación donde ella se metía de vez en cuando a locutar.

Pensé que se trataba de grabaciones para la propia empresa, no en vano desarrollan servicios de máquinas de reconocimiento de voz, y aquello me llamó la atención...

Pero al poco la escuche hablar sobre “el guión que estaba escribiendo esa semana“ con otra chica. Eso, y unos comentarios sobre la preparación y cultura de Boris Izaguirre (ejem) me dejaron con la mosca detrás de la oreja, hasta que la maté. Busqué en internet y ¡voilá! Por azares del destino, descubrí que la tipa es la guionista principal y voz en off del programa en el que estuve a punto de trabajar como redactor, de no haber sido por una niñita enchufada y un productor cobarde.

Digo yo que, mientras trabaja en la productora aquella y escribe para la tele, debe tener participaciones en esta empresa. Putas empresas medianas.

De hecho, al verme me dijo que le sonaba de algo. Lo cierto es que a mí me pasaba lo mismo con ella. Claro, de pulular un par de veces por la productora. Hay que joderse, las cosas que me pasan. Yo por supuesto no dije nada. Pensé en forzar la situación un poco en plan “Uy ¿escribes? Yo también...” y llegar a la casualidad, para soltarle después lo necios y rastreros que me habían parecido sus compañeros, y lo decepcionante y nefando que era el programa tanto en el guión como en la puesta en escena, interpretación, etc. Pero, maquinador, me callé.

Un poco rebotado y a traición, el fin de semana siguiente me puse malo y no me presenté a trabajar. Y sin avisar, ya que en la ETT el sábado no trabajaban ni las ratas. Ya me imagino a la tipa recolocando y doblando horas a la otra chica, que más que una trabajadora parecía una lacaya y cubriendo ella misma la línea de atención. Ja, ja, ja. Ya, ya sé que es una tontería y tal, pero me hace gracia.

A los dos días me llamó la ETT para preguntarme por mi ausencia, para saber si tenía justificante de la misma (por supuesto, no soy tan estúpido) y para decirme sutilmente que la empresa había reducido horas de trabajo y yo entraba en esa reducción (lógico; una reducción de horas cuando estaba yo solito y apurado para atender tanta llamada).

Así que me echaron, pero ha sido el despido más placentero en mucho tiempo.

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10 junio 2006

No, el trabajo no me gusta, no

Ando pluriempleado. Mientras sigo teleoperando (esta vez en la línea de atención de una cadena de pizzerías el fin de semana) a diario doy clases extraescolares de informática en un colegio y en un centro cultural del barrio. Con diferencia, es el mejor curro de los últimos tiempos, aunque tengo la sensación que me han llamado para cubrir unos huecos a fin de curso que nadie quería... De hecho yo les mande mi Cv interesado en dar clases de guión o de cine...

En el fondo me alegro de haberme podido alejar un poquito de la teleperdición, aunque lo de los findes me martiriza. De todos modos imagino que me tocará volver a colocarme los auriculares, porque como de algo hay que comer...

Es una secta. Los teleoperadores forman (nótese el uso de la tercera persona del plural; yo no soy teleoperador, ni quiero... sólo trabajo de ello) una secta. Entrar resulta sencillo, pero es muy difícil salir. Aunque te echen o se acabe el contrato, al final necesitas trabajar enseguida y como de esto sale algo rápido... si tienes experiencia y simulas sumisión, te pillan. Y llega un buen día en el que te das cuenta que al hablar con alguien por teléfono en tu casa, de manera inconsciente adoptas cierto tono de teleoperata o le respondes con alguna frase de trabajo. Ahí percibes el problema. Un problema más allá de remitir a los clientes a otro teléfono de pago en el que les sigues atendiendo tú mismo o de las empresas que te quitan un 15% del salario base con la promesa de pagártelo a final de contrato y así evitar que te vayas antes de tiempo.

Otros no perciben ese problema. Al contrario, les gusta esto. Parece increíble pero así es. Además es un trabajo que da refugio a una cantidad ingente de necios, estultos, acomplejadas, ineptos, soberbias, trepas e hijos de puta varios. Gente vacía, sin conversación ni intereses más allá de “Salsa Rosa”, ni nada. Chicas que se definen como teleoperadoras, y que pretender hacer carrera en el sector. ¡Ja! Que ansían llegar a coordinadoras, o más allá, supervisoras del servicio. En realidad, para trabajar dos veces más, comerse marrones por 90 euros de plus y no ser más que un pasito por encima del trabajador base. Todo por carencias afectivas y complejos de inferioridad subyacente que contrarrestan con el supuesto poder que les da juzgar el trabajo de los demás. Un trabajo, por cierto, que se desarrolla sin las condiciones, formación, ni información adecuada en la totalidad de las empresas. Con lo que es muy fácil errar.

Como a una persona con cierta inteligencia no se le ocurriría en su vida promocionar en esta mierda, a esos puestos acceden generalmente necios e ignorantes que no dudan en sacar su verdadera y maligna forma de ser para cubrir sus deficiencias. Y porque en el fondo tienen que seguir dando explicaciones a alguien que está por encima de ellos.

Sin ir más lejos, el verano pasado trabaje en una supuesta “empresa importante del sector” que no dudaba en mantener a los teleoperadores encerrados en la décima planta de un edificio de cubiertas metálicas (con lo que acumulaba el calor del sol por las tardes) con el aire acondicionado apagado desde las ocho, soportando 38ºC durante horas. Y así durante un mes. Tras las quejas, se dignaron a encender y potenciar el sistema de refrigeración. Pues bien, recuerdo a uno de estos coordinadores que el primer día encendió el nuevo aire acondicionado a una temperatura muy baja, mientras le farfullaba, descojonado, a otro inepto de estos un “¿no teníais calor?” que sonó aterrador, tan aterrador como la perspectiva degenerativa de la especie que me daba la sola presencia de este tipejo.

Con esto del aire pude ver a otros coordinadores justificar la actitud de la empresa con argumentos como el ahorro de energía, o algo así como “no sabéis la pasta que cuesta mantenerlo encendido”. Como si lo fueras a pagar tú, hijo de mala madre.

Lo alucinante es que estas actitudes no las ves sólo en estos superiores de pacotilla, sino que te las encuentras en tus iguales, sobre todo en los teleoperadores del turno de mañana. Por la tarde suele haber algún escritor necesitado de dinero, un friqui o algún bohemio taciturno con quien congeniar.

Pero la gente de la mañana... y sobre todo ellas-en-el-turno-de-mañana... vaya tela. A veces entras en un estercolero de gente gris que sólo sabe hablar de compra de casas, hipotecas y móviles, veinteañeras tardías muy tontas jugando a bajar politonos o leyendo la misma mierda que todo el mundo lee “porque hay que hacerlo y esta muy bien”. El puto Código ese es un must en la oficina o callcenter de turno, entre gente que desconoce donde está Oceanía y te pregunta cuál es la capital de la provincia de Lanzarote. Pero ¿qué más da? ¡Bien orgullosas que están de su trabajo, con la cabeza alta! Y como lucen su ropita guay y su maqueo a diario...

No quiero entrar en aspectos de este trabajo basura tan característico ni en anécdotas. Como ésta tengo muchas, y para leer eso ya hay otros weblogs.

Pero aunque parezca lo contrario, el trabajo no me quema. Yo suelo abstraerme de todo, pasar las seis, ocho horas de servidumbre lo más rápido posible y olvidarme fuera. Además yo no me rindo. Sigo intentando meter cabeza en trabajos más creativos mientras escribo o hago radio.

Es curioso, haciendo cortos y otras cosillas he coincidido con gente, mucha gente que ha acabado llegando a escribir, hacer cine, tv, actuar profesionalmente, algunos muy conocidos (no diré nombres). Y me alegro por ellos. Debe ser que doy suerte a los demás –y no a mí, la prueba este blog- o soy un poco elefante, como dicen en los casinos. Así que ya sabes, si tienes algún tipo de inquietud artística, pégate a mí que llegarás.

Pero ya digo que la suerte no la revierto hacía mí. Sin ir más lejos, la última fue cuando estuve haciendo las pruebas para un trabajo de guionista y redactor de un programa que ahora mismo se está emitiendo en la tele de todos vosotros. Sin mucha dificultad fui escribiendo guiones y superando las diferentes fases y pruebas hasta llegar a la última, donde los productores debían decantarse entre otro chaval o el mua para cubrir el puesto de tele-escribano.

La prueba consistía en elaborar el guión de la pieza y realizar el trabajo de campo para uno de los diferentes pilotos que estaban preparando. Tenía que acompañar a una reportera a cubrir un evento social o cultural, en el que ella debía seguir mi guión mientras yo la dirigiría allí mismo y reconduciría las preguntas improvisando otras según el asistente que estuviera entrevistando en cada momento. Todo, en teoría, en clave de humor algo surrealista.

Debíamos cubrir el estreno de una peli. Preparé el guión y la mañana del pase de prensa me planté en el cine con el cámara. Pero la reportera no se presentó, con lo que no pudimos hacerlo. Luego me enteré que la muy asquerosa era una enchufada de uno de los jefazos de la productora.

Y me quedé sin hacer la prueba. Para colmo de males el otro aspirante al puesto sí pudo hacer la suya unos días antes, con lo que en la productora no se complicaron. Pasaron de repetirme la prueba y supongo que le darían el trabajo a él. Digo supongo, porque no me han vuelto a llamar. Y eso que el productor del programa prometió darme un toque una hora después de lo del cine. No sé que concepto más raro debe tener de “hora”, porque desde aquello han pasado ya tres meses. A lo mejor se murió y no me avisaron porque, es extraño, no respondió a mis llamadas los días posteriores.

Pero vamos, que tampoco es algo que me sorprenda ahora, al final del tercer cuarto...

Me ha costado aprender de que va el mundo laboral. De hecho me he curtido ya a los treinta con trabajos que tenía que haber hecho con veinte, trabajos de estudiante: conteos, encuestas, aforos, inventarios, montajes... ¿La razón? Empecé a trabajar en el primer sitio en el que eché un currículum y estuve cuatro años hasta que me echaron sin más. Y claro, pensaba que conseguir trabajo era fácil. Je, je, je, iluso. Hasta que me vi con veintiséis años, en la calle. Y me toco aprenderlo de golpe, morder el polvo en trabajos infames, ser maltratado y usado... y defenderme de ello, of course, aunque sólo a veces.

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