Lord, I'm Going Down Slow
Hola a todos y a Ender también. Estas historias sonarán muy lejanas a sus oídos. Incluso dan para uno o dos buenos guiones tragicómicos. En mi línea “prefiero vivencias a tendencias” les acerco un relato real, cercano y, porque no, bizarro. De bizarros más bien.
La primera vez que vi a Albert Barry me pareció un tío entrañable, grandote, con rostro de rasgos duros, voz de crooner y una enorme cicatriz en la frente. Fue al poco de entrar a vivir en un piso compartido de Madrid. Piso por llamarlo algo, porque en realidad era un asqueroso reducto lleno de cucarachas alemanas.
Él ocupaba una de las habitaciones de la casa junto a una pareja de camareros en paro que acababan a hostia limpia cada dos por tres y las dos hermanas filipinas que alquilaban los chiscones y sacaban un pico de ello. Todo un cuadro.
Enseguida hicimos buenas migas, a los dos nos gustaba tocar la guitarra y compartíamos gustos musicales, desde Beatles, Hollies a cosas más inclasificables como Joe Dassin, Oliver Onions o Francis Cabrel cantando en castellano. Según me comentó, él era animador y dibujante, solía trabajar para televisión y había tocado en varios grupos de relativa repercusión local. Pero poco a poco fui descubriendo que su vida se estaba convirtiendo en papilla. Lo mismo eran esos restos vitales los que estaba atrayendo en masa a las cuquis.
Albert había empezado a dibujar desde muy joven y bastante bien, por cierto. Había trabajado en Alemania y Francia para un par de pelis de Asterix, aquí había currado en gran parte de la serie de “Las Tres Mellizas”, dibujó en la peli de "Goomer" y hace cinco años trabajó en un corto de animación (“Pollo”) que ganó un Goya. Lo último que había hecho era la cabecera de la infecta resurrección del “Un, Dos, Tres”.
Sin embargo, se había empezado a desmoronar cuando hace unos años murió su madre a la que se sentía muy unido. Se quedó sólo en Madrid y poco a poco empezó a beberse licorerías enteras y compartir polvitos (de maquillaje, se entiende) con Joselito y Camilo Sesto, conocidos suyos de los tiempos de artista.
Perdió casa, cordura y espacio hasta acabar recorriéndose habitaciones realquiladas cada vez en peores condiciones. Se alejó del dibujo y terminó sobreviviendo como guardia jurado.
Pero ya ni eso. En aquellos momentos Albert bordeaba el peligro; estaba sin trabajo conocido, subsidio u otra fuente ilegal de ingresos, bebía cinco cartones de vinillo peleón al día, sólo comía spaghettis cocidos (a palo seco) de los de 25 céntimos el paquete en el Sabeco y fumaba esas marcas de tabaco tan baratas que no deben llevar ni siquiera nicotina. Subsistía de lo que le podíamos prestar los demás y de su tío de Barcelona, único familiar directo, que le pagaba de vez en cuando la habitación, pero que se estaba cansando.
En aquel estado Albert tendía a darse golpes en la cabeza. Desconozco si era debido a algún desajuste fruto de sus abusos o a un problema de oído interno, pero a veces cuando caminaba empezaba a ladear el coco y acababa golpeándolo en los marcos de las puertas. Le ocurría muy a menudo, y la enorme marca de su cabeza se la hizo así, pero en la calle; un accidente que le tuvo más de dos meses hospitalizado.
Se pasaba todo el día en la cocina de la casa hasta que, fruto de la ingesta, caía comatoso en su cama. Mientras aguantaba, peleaba con la invasión de artrópodos y conectaba su viejo radiocassette con cintas de todo tipo, desde bandas sonoras de series infantiles (Mazinger y derivados) a clásicos sesenteros o musiquita tardofranquista, y lo cantaba todo a grito pelado... Lo indescriptible de aquello, el patetismo, ver a aquel hombre hundido que se emocionaba hasta la lágrima con los temas de Focus, Banner y Flapi, Cream, Sandro Giaccobe y Lenny Kravitz... me llevaron a intentar echarle un cable.
Lo cierto es que Alberto a pesar de su decadencia, conservaba intacto su lado más casposo, era capaz de, mientras veíamos una película, exaltarse ante cualquier detalle del argumento como si lo protagonizase él mismo o contarme con pasión como, por ejemplo, la canción de créditos finales del Osito Misha (“Natasha”, cantada por Tito y Tita) era muy difícil de tocar por los arpegios y las posiciones octavadas... y que ya me la enseñaría. Y muchas cosas de este tipo, anécdotas de freak (pero de los de verdad...), confesarme con ojos sanguinolentos que su mayor deseo era comprar una gran figura de PVC de Mazinger que adornaba el escaparate de una famosa tienda de comics cercana, (el robot que junto a Elvis y los Fab Four formaba su particular deidad trina). Y todo esto, era capaz de repetírtelo una y otra vez con la misma intensidad como si no lo hubiera hecho nunca antes.
Lo curioso es que cuando hablábamos de todas estas cosas, Albert olvidaba sus penas y sus querencias... e ingenuamente, pensé en darle cancha y cháchara con todo esto para ver si se animaba... ¡Sí, señores! Por primera y única vez, los iconos de la Generación Pajera podrían servir para algo más que como escudo de tantos Peterpanes y sacar a flote la vida de un pequeño genio lanzada a la cloaca.
Así que empezamos a compartir lo poco que teníamos cada uno en aquel lugar: videos, vinilos raros, piratas y libros de los Beatles, revistas viejas. Hasta le animé para tocar un par de días juntos.
¡Chas!, y aparez... digo, y de pronto, reaccionó y quiso. Entre sudores y mal cuerpo por la abstinencia intentó conseguir un empleo, dejar el vicio y salir de allí. Pero le costó. Se lo ponían muy difícil. Este tipo de personas, a veces caen a un nivel de marginalidad, que sin llegar a ser extrema, les impide auparse de nuevo.
Pero yo no podía seguir empujando su bici, tenía otro reto por delante y salí espantado de aquella casa infecta. Al irnos, al menos, nos alivió saber que había conseguido otro trabajo y se estaba medicado a base de Tranxilium 50 y otras pirulas para aguantar la necesidad etílica. Promesas de vernos todos, compartir piso más adelante etc, que como siempre no se cumplieron.
Y cuatro meses después, volvimos a verle. De nuevo alcoholizado sin casa y con sus enseres en las manos. Nos dolió pero poco pudimos hacer por él. Su tío le había enviado 200 euros, los últimos... 200 euros para pagar otra alcoba donde dejar caer su mezcla de Don Simón 75%, Leucocitos 25%... 200 euros que, en lugar de buscar refugio, se difuminaron en una noche, de barra en barra, con final en las urgencias del Gregorio Marañón. Después alguna otra mano intentó ayudarle, una pensión, otro trabajo en las fuerzas de Prosegur de duración fugaz, pero poco más supimos. De esto hacía ya un año y medio.
A veces nos preguntábamos por él, pero perdimos toda pista... hasta que hace un mes sonó el telefonillo de nuestra buhardilla: “David, soy Alberrrto”
“He soñado está noche con él” me dijo Mrs. Kromosomo, después de abrirle.
Esta más delgado. Cojea. Su cara se ha vuelto sucia. Ha pasado cinco meses en la calle. Sí, en la puta calle. Durmiendo a la intemperie, y tragando cuatro botellas de whiskey al día para calmar esa vida. Un atropello mientras deambulaba sin rumbo (o con rumbo a la siguiente botella) le ha destrozado tibia y peroné y ahora lleva un implante metálico tras otra visita al hospital de mes y medio. Ha perdido todo: su radiocassette, sus cintas y CDs, sus libros y el material de dibujo. No reacciona, le cuesta asimilar. Pero sigue vivo.
En una hipotética y factible hecatombe nuclear el bueno de Albert sobreviviría junto a ratas, cucarachas y Bruce Willis.
Y se le ha aparecido la virgen. Por primera vez en muchos años la suerte ha pasado cerca de Albert Loser y le ha llevado junto a una mujer quince años mayor, que se ha convertido en su Pygmalion: le da casa, comida, ropa, cariño y algo más, una guitarra... De nuevo dice que “quiere tratarse” con la boca pequeña, aunque el delirium tremens vuela bajo sobre su cabeza como un carroñero. En el CAD le han rogado que se medique y que no pase de la media botella al día. Si no, le dan tres años de ¿vida?
Por supuesto volvemos a hablar de música, se lamenta de todo lo que había perdido. “Nada, nada” le digo. “Mira, aquí tengo internet y plis-plas, te grabo unos cds y recuperamos lo que quieras”. Se empieza a emocionar. Me habla de Mazinger y le busco un episodio en la mula.
Cuando se lo pongo, empieza a temblar, su voz se vuelve trémula y dilata las pupilas. No lo había visto en quince años. Y ahí estaba. Albert el desterrado, el hundido, el nuevo cristo viviente de la Generación Pajera, convertido en niño treinta años después. Olvidando su mierda y viendo morir al Dr. Kabuto.
La primera vez que vi a Albert Barry me pareció un tío entrañable, grandote, con rostro de rasgos duros, voz de crooner y una enorme cicatriz en la frente. Fue al poco de entrar a vivir en un piso compartido de Madrid. Piso por llamarlo algo, porque en realidad era un asqueroso reducto lleno de cucarachas alemanas.
Él ocupaba una de las habitaciones de la casa junto a una pareja de camareros en paro que acababan a hostia limpia cada dos por tres y las dos hermanas filipinas que alquilaban los chiscones y sacaban un pico de ello. Todo un cuadro.
Enseguida hicimos buenas migas, a los dos nos gustaba tocar la guitarra y compartíamos gustos musicales, desde Beatles, Hollies a cosas más inclasificables como Joe Dassin, Oliver Onions o Francis Cabrel cantando en castellano. Según me comentó, él era animador y dibujante, solía trabajar para televisión y había tocado en varios grupos de relativa repercusión local. Pero poco a poco fui descubriendo que su vida se estaba convirtiendo en papilla. Lo mismo eran esos restos vitales los que estaba atrayendo en masa a las cuquis.
Albert había empezado a dibujar desde muy joven y bastante bien, por cierto. Había trabajado en Alemania y Francia para un par de pelis de Asterix, aquí había currado en gran parte de la serie de “Las Tres Mellizas”, dibujó en la peli de "Goomer" y hace cinco años trabajó en un corto de animación (“Pollo”) que ganó un Goya. Lo último que había hecho era la cabecera de la infecta resurrección del “Un, Dos, Tres”.
Sin embargo, se había empezado a desmoronar cuando hace unos años murió su madre a la que se sentía muy unido. Se quedó sólo en Madrid y poco a poco empezó a beberse licorerías enteras y compartir polvitos (de maquillaje, se entiende) con Joselito y Camilo Sesto, conocidos suyos de los tiempos de artista.
Perdió casa, cordura y espacio hasta acabar recorriéndose habitaciones realquiladas cada vez en peores condiciones. Se alejó del dibujo y terminó sobreviviendo como guardia jurado.
Pero ya ni eso. En aquellos momentos Albert bordeaba el peligro; estaba sin trabajo conocido, subsidio u otra fuente ilegal de ingresos, bebía cinco cartones de vinillo peleón al día, sólo comía spaghettis cocidos (a palo seco) de los de 25 céntimos el paquete en el Sabeco y fumaba esas marcas de tabaco tan baratas que no deben llevar ni siquiera nicotina. Subsistía de lo que le podíamos prestar los demás y de su tío de Barcelona, único familiar directo, que le pagaba de vez en cuando la habitación, pero que se estaba cansando.En aquel estado Albert tendía a darse golpes en la cabeza. Desconozco si era debido a algún desajuste fruto de sus abusos o a un problema de oído interno, pero a veces cuando caminaba empezaba a ladear el coco y acababa golpeándolo en los marcos de las puertas. Le ocurría muy a menudo, y la enorme marca de su cabeza se la hizo así, pero en la calle; un accidente que le tuvo más de dos meses hospitalizado.
Se pasaba todo el día en la cocina de la casa hasta que, fruto de la ingesta, caía comatoso en su cama. Mientras aguantaba, peleaba con la invasión de artrópodos y conectaba su viejo radiocassette con cintas de todo tipo, desde bandas sonoras de series infantiles (Mazinger y derivados) a clásicos sesenteros o musiquita tardofranquista, y lo cantaba todo a grito pelado... Lo indescriptible de aquello, el patetismo, ver a aquel hombre hundido que se emocionaba hasta la lágrima con los temas de Focus, Banner y Flapi, Cream, Sandro Giaccobe y Lenny Kravitz... me llevaron a intentar echarle un cable.
Lo cierto es que Alberto a pesar de su decadencia, conservaba intacto su lado más casposo, era capaz de, mientras veíamos una película, exaltarse ante cualquier detalle del argumento como si lo protagonizase él mismo o contarme con pasión como, por ejemplo, la canción de créditos finales del Osito Misha (“Natasha”, cantada por Tito y Tita) era muy difícil de tocar por los arpegios y las posiciones octavadas... y que ya me la enseñaría. Y muchas cosas de este tipo, anécdotas de freak (pero de los de verdad...), confesarme con ojos sanguinolentos que su mayor deseo era comprar una gran figura de PVC de Mazinger que adornaba el escaparate de una famosa tienda de comics cercana, (el robot que junto a Elvis y los Fab Four formaba su particular deidad trina). Y todo esto, era capaz de repetírtelo una y otra vez con la misma intensidad como si no lo hubiera hecho nunca antes.
Lo curioso es que cuando hablábamos de todas estas cosas, Albert olvidaba sus penas y sus querencias... e ingenuamente, pensé en darle cancha y cháchara con todo esto para ver si se animaba... ¡Sí, señores! Por primera y única vez, los iconos de la Generación Pajera podrían servir para algo más que como escudo de tantos Peterpanes y sacar a flote la vida de un pequeño genio lanzada a la cloaca.
Así que empezamos a compartir lo poco que teníamos cada uno en aquel lugar: videos, vinilos raros, piratas y libros de los Beatles, revistas viejas. Hasta le animé para tocar un par de días juntos.
¡Chas!, y aparez... digo, y de pronto, reaccionó y quiso. Entre sudores y mal cuerpo por la abstinencia intentó conseguir un empleo, dejar el vicio y salir de allí. Pero le costó. Se lo ponían muy difícil. Este tipo de personas, a veces caen a un nivel de marginalidad, que sin llegar a ser extrema, les impide auparse de nuevo.Pero yo no podía seguir empujando su bici, tenía otro reto por delante y salí espantado de aquella casa infecta. Al irnos, al menos, nos alivió saber que había conseguido otro trabajo y se estaba medicado a base de Tranxilium 50 y otras pirulas para aguantar la necesidad etílica. Promesas de vernos todos, compartir piso más adelante etc, que como siempre no se cumplieron.
Y cuatro meses después, volvimos a verle. De nuevo alcoholizado sin casa y con sus enseres en las manos. Nos dolió pero poco pudimos hacer por él. Su tío le había enviado 200 euros, los últimos... 200 euros para pagar otra alcoba donde dejar caer su mezcla de Don Simón 75%, Leucocitos 25%... 200 euros que, en lugar de buscar refugio, se difuminaron en una noche, de barra en barra, con final en las urgencias del Gregorio Marañón. Después alguna otra mano intentó ayudarle, una pensión, otro trabajo en las fuerzas de Prosegur de duración fugaz, pero poco más supimos. De esto hacía ya un año y medio.
A veces nos preguntábamos por él, pero perdimos toda pista... hasta que hace un mes sonó el telefonillo de nuestra buhardilla: “David, soy Alberrrto”
“He soñado está noche con él” me dijo Mrs. Kromosomo, después de abrirle.
Esta más delgado. Cojea. Su cara se ha vuelto sucia. Ha pasado cinco meses en la calle. Sí, en la puta calle. Durmiendo a la intemperie, y tragando cuatro botellas de whiskey al día para calmar esa vida. Un atropello mientras deambulaba sin rumbo (o con rumbo a la siguiente botella) le ha destrozado tibia y peroné y ahora lleva un implante metálico tras otra visita al hospital de mes y medio. Ha perdido todo: su radiocassette, sus cintas y CDs, sus libros y el material de dibujo. No reacciona, le cuesta asimilar. Pero sigue vivo.
En una hipotética y factible hecatombe nuclear el bueno de Albert sobreviviría junto a ratas, cucarachas y Bruce Willis.
Y se le ha aparecido la virgen. Por primera vez en muchos años la suerte ha pasado cerca de Albert Loser y le ha llevado junto a una mujer quince años mayor, que se ha convertido en su Pygmalion: le da casa, comida, ropa, cariño y algo más, una guitarra... De nuevo dice que “quiere tratarse” con la boca pequeña, aunque el delirium tremens vuela bajo sobre su cabeza como un carroñero. En el CAD le han rogado que se medique y que no pase de la media botella al día. Si no, le dan tres años de ¿vida?
Por supuesto volvemos a hablar de música, se lamenta de todo lo que había perdido. “Nada, nada” le digo. “Mira, aquí tengo internet y plis-plas, te grabo unos cds y recuperamos lo que quieras”. Se empieza a emocionar. Me habla de Mazinger y le busco un episodio en la mula.
Cuando se lo pongo, empieza a temblar, su voz se vuelve trémula y dilata las pupilas. No lo había visto en quince años. Y ahí estaba. Albert el desterrado, el hundido, el nuevo cristo viviente de la Generación Pajera, convertido en niño treinta años después. Olvidando su mierda y viendo morir al Dr. Kabuto.
* Las imágenes que ilustran esto están extraídas del book de Alberto y de los fotocromos de "Pollo".
Etiquetas: A Perro Flaco Todo Son Pulgas


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