16 julio 2005

Lápiz y Papel

[...] El año pasado dejé de hacer radio por un tiempo. Fue un adiós temporal, abocado por la situación y por hastío. Aun así creo que más pudo el hartazgo que lo incierto de mi vida entonces. Si hubiera estado motivado, no habría dejado el programa, claro. Pero llevaba ya un par de años un poco más flojo, sin ganas, funcionando por inercia radiofónica, y si además mi vida no acompañaba, razón de más para tirar la toalla.


La web la he ido sacando a duras penas, sobre todo porque no siempre he dispuesto de conexión a internet en los sitios donde he ido viviendo. He sido un cyber-outsider. Aun así, en las peores épocas por poco que fuera, algo escribía.


Me gusta escribir. Aunque lo haga mal. Y me gusta la radio. Para mí son vida. NO son hobbies, son mi forma de expresar neuras.


Desde finales de 2004 tengo un par de ideas que me motivan: un nuevo proyecto de radio, y un guión para cortometraje que voy a intentar rodar este otoño. Sin un duro. Sólo con una cámara, un par de amigos, una actriz desinteresada y un PC. Cutrecinema de campaña.


Lo del corto me da más reparo que el nuevo programa. Mi último intento cinero data de 1997 y fue un corto inacabado, pendiente –aún- de revisión y montaje. Estoy en ello. Pero llevo en ello siete años... La cosa era una mezcla entre cine mudo y Parker Lewis. Eran un montón de planitos muy cortos. El primer día me lié con el orden de rodaje y al final tuve que correr la maratón y rodar a la toma, a lo Roger Corman.


En aquel corto me gaste algo de dinero. Por algún motivo que se me escapa, todo este tipo de cosas artísticas requieren cierta pasta y calma, lo que las dejan en manos de las clases pudientes y ociosas. Y es injusto. Por eso simpatizo con el arte basura.


Pero cualquier cosa que hagas ¿eh? Si quieres escribir, necesitas material, constante gasto en tinta y fotocopias, envíos certificados a certámenes (todo esto lo sé por Lorena, que gracias a EC no ha dejado de escribir nunca, a pesar de sus cosas). Si pintas, ya ni te digo: óleos carísimos, caballete, lienzos de determinados tamaños y texturas... Y si haces cortos (en vídeo, claro), cintas, equipo, alquiler de material por poco que sea (aunque si le echas imaginación con los flexos y halógenos de casa, puedes ahorrar bastante), bocatas para todos, pasta para fotocopias...


Volviendo a ESTE corto, he escrito un guión de manual. Como un ejercicio. La idea no esta mal, pero la historia es muy sencillita. Me he tomado mi tiempo, eso sí, en construir al único personaje presencial y no he metido paranoias.


Quiero decir, me he planteado “voy a rodar esto, sencillo, para ver si valgo, o ya dejo el rollo de los cortos forever and ever” (bueno, aunque ya no dirigiera, seguiría escribiendo guiones).


Que es mentira. Que haciendo cortos no se liga.


Para no perder comba, me he puesto a buscar actrices y demás nada más terminar de escribir y voy a intentar que todo ruede esta vez. Y sobre todo, que lo pasemos bien. Aunque luego resulte una piltrafa (que lo será) al menos que nos hayamos reído. Aunque sea de mí.


Por cierto, recuerdo especialmente el día que terminé el guión. Estaba con Lorena y Dani en un Vips. Yo no entiendo lo de Vips. No es más que un sitio caro de comida basura. Pues está siempre lleno. Es el Burger de los pijos, que van como cromos a comerse una brocheta. Si no fuera por los cheques que dan, el batido de chocolate y lo bien que se estudia o escribe allí nos iban a ver mucho el pelo, sí.


Bueno, para ser francos había un Vips que era diferente. Pero claro, no le tenía que salir rentable a la familia Arango y al final lo acabaron estereotipando. Era el antiguo City Vips –hoy Vips a secas- de Fuencarral, en la Glorieta de Bilbao. Para quien no lo recuerde, aquello era un buffet autoservicio con unos salones ambientados en diferentes ciudades: Nueva York, Pekín, etc.Lo bueno era: a) Que podías entrar, llenar dos vasos de agua y estar allí toda la tarde. Sin consumir. b) Incluso podías traer comida de fuera en un tupperware, coger con todo descaro un plato vacío del autoservicio y comer la chicha de tu casa sin llamar la atención. Lorena y yo nos llevamos unos macarrones con tomate un día que nos zampamos estupendamente. c) La facilidad con la que podías meter los objetos robados de la tienda al restaurante, esconderlos allí y salir como si nada. Por supuesto, objetos sin “pita”. Que se jodan. d) Que se comía distinto a los otros Vips, la comida estaba buena y todo, increíble, y más económica. Esas ensaladas autopreparadas van a permanecer durante años en mi paladar.


Al final los que nos jodimos fuimos nosotros, que se lo cargaron.


Allí pasamos muchas tardes estudiando después de que Lorena dejara el hospital, o otras tantas gastándonos el dinero que habíamos ganado tocando la guitarra. O conociendo a personajes como León, el escritor, y a su amigo, dos intelectuales maduros del Nuevo Mundo. León estaba siempre en la misma esquina del City Vips, escribiendo, lo que al final supimos que era una novela. Era un viejo desaliñado que hablaba muy vehementemente y vivía en una burbuja. Lo habíamos visto durante muchos días y despertó la curiosidad de Lorena que después de un mes se atrevió a preguntar sobre lo que estaba escribiendo.


Aquella noche a León le acompañaba un amiguete, un poco más caradura. Nos invitaron a tomar algo, y a contarnos sus historias. El escritor, al parecer, había sido un presentador televisivo de éxito en su país. Vino aquí con la vida resuelta y vivió acomodadamente en una gran vivienda... hasta que se cansó, dejó a su esposa y a los niños y se piró a malvivir a un estudio en Malasaña.


El otro, el “amiguete” había hecho de todo, hasta radio con Cristina Tárrega. Cosa que pude llegar a creer, pues me contó algunas historias de la diva que coincidían con lo que sé de ella y que sólo circulan en ambientes radiofónicos.


Por lo visto, León y él organizaban cada quince días en los salones del City Vips, por supuesto por la cara y sin necesidad de tomar nada, una serie de debates y charlas en las que se congregaban jóvenes artistas, poetas, escritores y se hablaba de filosofía y cultura demasiado culta.


Aquella noche León se marchó a su casa sin decir adiós y el otro, nos metió en un taxi mientras nos hablaba del significado de las marcas de las mujeres indias en la frente y de los pequeños pies de las chinas como fetiche sexual. A pesar de nuestro aspecto mundano, nos llevó a un club clandestino escondido en una imprenta, cerca de Bailen, dónde nos tomamos algo y acabamos el trayecto.


No los volvimos a ver. Ni a ellos, ni a los jóvenes artistas.

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05 julio 2005

Presencias Extrañas en el Autobús Nocturno

Por las noches, cuando regreso del infratrabajo a eso de las doce y me da por ir en autobús en lugar de dar un paseo -el metro es agobiante y tarda mucho a esas horas-, me encuentro en la parada de la Estación Sur (Méndez Álvaro, Madrid) con el mismo grupo de personas, con su rutina, sus horarios, su bus puntual, su cara de trabajadores anodinos... Me tienen por un bicho raro porque abandono la parada para comprar un refresco o bien me voy (decido de pronto ir andando, es viernes y el bus va hasta arriba de gente, me harto de escuchar sus conversaciones...)


Una teleoperadora argentina, una empleada de gesto triste de algún restaurante de la estación y desde hace un par de meses un hombre bajito, con el pelo teñido y camisas floreadas. Este último se queda detrás de la marquesina y empieza a hablar con los yonquis que pululan por allí o con los conductores durante el viaje. A veces, cuando paso cerca, me mira desde abajo con una media sonrisa. Yo aparto la mirada, en fin, que eso no es lo mío... Unos cincuenta. Rostro familiar.


En ocasiones pienso que es un proxeneta de algunas de las muchas prostis que pueblan la zona, que vuelve de dejar a sus chicas en el lugar de trabajo, o bien alguna vieja sarasa buscando marcha con jovencitos. Pero me suena mucho, cada día su rostro me resulta más conocido, y entrañable.


Pienso, “a este hombre, um, a este hombre le conozco. Tiene pinta de personaje nocturno, un poco volado... pero me suena, ¿será un actor decadente?” Esta vez subo tras él al autobús, y el busero me pone en la pista: “¡Hola Tony!”


¡¡Sí!! ¡Ya sé quien es! ¡¡Es Tony Genil, el cutreheroe musical!! Mis ojos no me engañan. Tony Genil, al que pinchábamos mucho antes del boom de Tamara y compañía en el programa de radio con sus temas alucinógenos... Ese hombre...


Curioso. Él no se acuerda, o sí, pero ya nos conocemos. Además de cantante (sic) Tony se había dedicado a la radio, y tuvo un programa de copla en una emisora donde estuve trabajando un tiempo. No coincidimos nunca en los estudios, pero nos lo presento el director de programas en una fiesta a Javi, uno de mis compañeros, y a mí. De esto hace ya mucho. Antes de todo lo suyo, como digo.


Hoy, un tipo le grita algo con sorna: “¡Cántate algo, Genil!”. No es lo habitual. Suele pasar inadvertido dentro de su peculiaridad, por la noche la gente esta harta de ver gente extraña. “La tarara”, responde. Le miro. Le voy a hablar, pero me vuelve a observar con esas cejas y sus ojos de rata y me corta un poco ("que nooo, que no ando buscando plan"). En el fondo me río. ¿Cómo no me he dado cuenta en todo este tiempo? Jo, jo...


¿Que hace este personaje todas las noches tomando el N11 en esa zona? ¿Por qué viaja en autobús? ¿Cómo es su vida de telefreak en proceso de borrado de la memoria colectiva? Permanezcan atentos a su pantalla.


P.D: No es la primera vez que tengo un extraño encuentro en un bus. Hace años, en otro nocturno se sentó a mi lado Pablo Sebastian, por aquel entonces más conocido como “El Pianista de Cine de Barrio”. No sé por qué motivo -¿dónde me verán el punto amanerado?-, éste también se pasó todo el viaje lanzándome miradas de complicidad, mientras yo giraba la cabeza para comprobar si era él de verdad. Y lo era.

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