Bota, bota, la pelota loca
El último sueño raro que me da vueltas desde que ocurrió, hace ya una semana:
Jugaba un partido de fútbol, con otras personas, ya de cierta edad. Con toda la pinta de ejecutivos-que-practican-deporte-el-fin-de-semana. Pero no era algo serio. Vamos, que no estábamos equipados, ni había campo, ni árbitro... Jugábamos en un parque, y las porterías eran huecos entre dos árboles.
Lo curioso del parque es que era una especie de montículo pequeño, elevado. Alrededor, nada. Si te acercabas al borde del altillo podías ver la calle, los coches, edificios... ¡pero a cuarenta metros por debajo!
No había forma de bajar ni subir, al menos que yo supiera. El parque no estaba rodeado de terraplenes ascendentes o de escaleras. Parecía una elevada sección montañosa cortada en vertical y plantada en medio de la ciudad...
Todos estábamos en una especie de gran esplanada central, de tierra, rodeada por un pequeño círculo de arbolado que formaba el perímetro del islote. Tras los árboles, el gran salto al vacío.
De pronto, entre una maraña de jugadores, la pelota rebota en alguien y sale disparada hacía fuera. Se dirige a la zona arbolada, y lo que es peor: si la traspasa, a la calle en caída libre.
Salgo corriendo tras ella. Desde el otro extremo también empieza a correr en pos del balón un hombre de pelo cano, y cara chupada. Parece del equipo contrario. Y la cosa está disputada. El que llegue antes, saca. Es de ese tipo de lances en los que no se sabe quien ha sido el último que ha golpeado.
Parece que llego, que evito que la pelota caiga. Pero no... el balón entra en la zona arbórea, rebota en un par de piedras y toma velocidad. Me lanzo al suelo. Hay un pequeño desnivel que me ayuda a deslizarme, pero tengo que tener cuidado; demasiado impulso me haría caer y espachurrarme contra el asfalto.
Casi la toco con el pie, aunque al final, pega un bote y salta. Adios. Ay, no tengo tiempo de lamentarme, la inercia me arrastra al vacío. Me agarro y trepo hacía arriba. No freno... sí, ahora. Me he salvado, pero creo que estoy triste. Me invade el desasosiego. Se ha perdido el balón. Ocurre en menos de un suspiro.
Sigo tirado en el suelo. Décimas de segundo después, aparece corriendo mi contrincante. No frena, sigue detrás del esférico. Si sigue se va a tirar. Pero no me asusto. Me supera, va directo hacía el abismo. No le miro. No escucho nada, no hay golpe, ni grito, no suena el chof. ¿Habrá algúna manera de bajar? No. Sin embargo, corría muy seguro, como si la hubiera.
Fin de la historia. Un despertar brusco. [...] Lo más curioso es que el día que empezaba tras el sueño iba a ocurrir algo que me hacía mucha ilusión, pero que me tenía por otro lado como un flan...
Jugaba un partido de fútbol, con otras personas, ya de cierta edad. Con toda la pinta de ejecutivos-que-practican-deporte-el-fin-de-semana. Pero no era algo serio. Vamos, que no estábamos equipados, ni había campo, ni árbitro... Jugábamos en un parque, y las porterías eran huecos entre dos árboles.
Lo curioso del parque es que era una especie de montículo pequeño, elevado. Alrededor, nada. Si te acercabas al borde del altillo podías ver la calle, los coches, edificios... ¡pero a cuarenta metros por debajo!
No había forma de bajar ni subir, al menos que yo supiera. El parque no estaba rodeado de terraplenes ascendentes o de escaleras. Parecía una elevada sección montañosa cortada en vertical y plantada en medio de la ciudad...
Todos estábamos en una especie de gran esplanada central, de tierra, rodeada por un pequeño círculo de arbolado que formaba el perímetro del islote. Tras los árboles, el gran salto al vacío.
De pronto, entre una maraña de jugadores, la pelota rebota en alguien y sale disparada hacía fuera. Se dirige a la zona arbolada, y lo que es peor: si la traspasa, a la calle en caída libre.
Salgo corriendo tras ella. Desde el otro extremo también empieza a correr en pos del balón un hombre de pelo cano, y cara chupada. Parece del equipo contrario. Y la cosa está disputada. El que llegue antes, saca. Es de ese tipo de lances en los que no se sabe quien ha sido el último que ha golpeado.
Parece que llego, que evito que la pelota caiga. Pero no... el balón entra en la zona arbórea, rebota en un par de piedras y toma velocidad. Me lanzo al suelo. Hay un pequeño desnivel que me ayuda a deslizarme, pero tengo que tener cuidado; demasiado impulso me haría caer y espachurrarme contra el asfalto.
Casi la toco con el pie, aunque al final, pega un bote y salta. Adios. Ay, no tengo tiempo de lamentarme, la inercia me arrastra al vacío. Me agarro y trepo hacía arriba. No freno... sí, ahora. Me he salvado, pero creo que estoy triste. Me invade el desasosiego. Se ha perdido el balón. Ocurre en menos de un suspiro.
Sigo tirado en el suelo. Décimas de segundo después, aparece corriendo mi contrincante. No frena, sigue detrás del esférico. Si sigue se va a tirar. Pero no me asusto. Me supera, va directo hacía el abismo. No le miro. No escucho nada, no hay golpe, ni grito, no suena el chof. ¿Habrá algúna manera de bajar? No. Sin embargo, corría muy seguro, como si la hubiera.
Fin de la historia. Un despertar brusco. [...] Lo más curioso es que el día que empezaba tras el sueño iba a ocurrir algo que me hacía mucha ilusión, pero que me tenía por otro lado como un flan...
No teman, aquello salió bien.
Etiquetas: A Perro Flaco Todo Son Pulgas


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